miércoles, 21 de junio de 2017

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Parece que la providencia divina a veces nos sonríe, y que en otras circunstancias distintas, nos pone a prueba. Ah, aquel glorioso día del Señor, 23 de Junio de 1970. Llegaron como una suave brisa para aliviar el calor y los pesares del corazón. Aquella joven pareja, jóvenes, aún no llegaban a los 30 años. Julian y Sophie, encantadores, posibles triunfadores. El coche no era demasiado caro, pero sus vestimentas eran buenas, así como sus modales dignos de familias bien acomodadas. Ambos eran seres hermosos, verdaderamente brillantes. Él alto, de cabellos morenos y la piel algo bronceada, con un cuerpo esculpido por el mismísimo Miguel Ángel. Ella, por otra parte, era algo más baja que él, hasta la altura de su torso. Poseía la misma piel bronceada de su joven amante, aunque ella era rubia como los mismos rayos del sol. Su sonrisa era una media luna brillante y arrebatadora y no había, en su cuerpo, curva que no fuese llamativa. Eran la pareja perfecta, típica de película, novela o serie del ya tan manido y corrupto país de los Estados Unidos. Llegaron a Paradise sin siquiera saber, sin ni siquiera imaginar... que iban a quedarse para siempre.

-Basta, es suficiente. Eh, oiga ¿¡Qué está haciendo!?- se revolvía Julian, tratando de apartar a un par de hombres vestidos con guardapolvos marrones de su chica, que forcejeaba contra los mismos -¡Eh! ¡Eh! ¡EH!- los hombres tiraban de ella con más y más fuerza, sin mediar palabra alguna
-¡Soltadme, cabrones! ¡No tenéis derecho! ¡Os voy a denunciar a la policía! ¡Julian!- suplicaba la chica
-¡Os voy a partir las piernas si no la soltáis inmediatament...!- la voz de Julian se apagó cuando uno de los que luchaban por la chica, extrajo una pistola de la gabardina y le golpeó con la culata en pleno estómago, dejándolo sin aliento por un instante. Luego le golpeó con la rodilla en la barbilla, derribándolo
-¡JULIAN!- gritó la chica desesperada
-Es el Señor nuestro pastor, Padre del Profeta. Y sólo nuestro Profeta puede rodearse de Ángeles- recitaron al unísono
-¿¡De qué mierda habláis!? ¡Dejadme ir! ¡NO! ¡SOCORRO! ¡JULIAN!- la metieron en el amplio coche en el que la trajeron y arrancaron el motor, marchándose de aquella gasolinera donde la pareja habían hecho un pequeño alto. No hacía mucho tiempo que habían traspasado la frontera con un pequeño condado que rezaba el nombre de Paradise. Nunca habían oido hablar de él, pero consideraron que tenía un nombre encantador. El lugar era precioso, de hecho. Verde por doquier. No llegaron a imaginar lo que fueron a encontrarse.

Cuando la chica llegó a ver algo por fin, fue porque le quitaron la bolsa negra de la cabeza. Desde el momento en que montó en el vehículo le cubrieron la mirada con la misma. Estaba sudando y sus cabellos estaban enredados y despeinados. Asustada, sus ojos se mostraban enrojecidos por el llanto. Miraba a todas partes, perdida y desorientada. Se encontraba en una gran sala blanca, muy bien iluminada. Olía a incienso y madera lacada. Se hallaba sentada a una única silla, el único mueble que había en el lugar. El olor a madera debía de proceder de la misma -¿Hola...? ¿Hay... hay alguien ahí?- preguntó, cuando le pareció oir pasos
-Venga a ti su reino, querida- dijo una suave y dulce voz tras ella, que le provocó un respingo inesperado -En el nombre de nuestro Señor, bienvenida a Paradise- Sophie trató de mirar hacia detrás, pero no podía hacerlo lo suficiente para verle. Estaba atada por completo al respaldo del asiento
-¿Quién eres? ¿Por qué me has traido? ¿Dónde está Julian?- quiso saber, desesperada
-Tranquila, tranquila, shh...- susurró el hombre, rodeando la silla, mostrándose ante ella. Iba vestido con un pantalón oscuro, al igual que una chaqueta negra. Bajo la misma, llevaba una camisa blanca y un alzacuellos con un extraño símbolo dorado dibujado en él
-¿Es... es usted un párroco? ¿Un cura?- preguntó la chica -Por favor, tiene que ayudarme. Nos han atacado y...-
-La dulce voz de los Ángeles siempre es placenteras a los ojos del hombre y del Profeta, pero oh, portadora de alas blancas, no estás aquí para llorar, sino para obrar tu milagro-
-¿De qué está hablando? ¿Qué ángel, ni profeta? ¿¡Qué milagro!? ¡Me han raptado y mi novio...!-
-Dulce Ángel, no hay más amante que nuestro Señor y su Profeta- sonrió con dulzura el aparente cura, que aún era joven
-¿Qué... habéis hecho con Julian?- comprendió la chica que ese individuo no era, en absoluto, alguien que la fuese a ayudar
-Bendecido será aquel a quien llamas Julian y rebautizado en los caminos de nuestro Señor. Dirigido será como cordero al Gran Rebaño y se preparará para la entrada al Reino de los Cielos-
-...Esto es una locura-
-Oh, no, no, dulce Ángel. Esto es el Paraiso, la tierra prometida que nuestro Señor nos legó. Y por eso estás aquí, para ayudarnos a retomarla del sacrilegio, el hereje y del mal. El Maligno aguarda y no seremos su presa-
-Por favor, no nos hagáis daño...- sollozó la chica
-¿Quién causaría dolor a un ser tan magnífico?- musitó el cura limpiándole las lágrimas -Temer no debes, Ángel- chasqueó los dedos haciendo un llamamiento a alguien que Sophie no veía. Alguien se acercó por la espalda, la desató y la ayudó a levantarse -Parte, querida, a ser preparada. El Santo Espíritu ha de caer hoy sobre ti y tu gracia- un hombre comenzaba a alejarla del cura
-¿¡Dónde me llavas!? ¡Eh! ¡Suéltame! ¡Socorro!- sollozó aún más.

Estuvo seis horas, seis minutos y seis segundos metida en una amplia bañera construida en el mismo edificio bajo la atenta vigilancia de tres severas mujeres mucho más mayores que ella, posiblemente ya pasadas del climaterio. Se encargaron de lavar cada parte de su cuerpo una y otra vez hasta casi sacarle por completo brillo a su piel y su cabello. No permitieron que ella hiciese absolutamente nada. Estuvo como una reina, prácticamente, a pesar del miedo y la inquietud que la llenaba. Al menos lo estuvo hasta que debieron lavar su sagrada intimidad, donde profundizaron más de lo debido a pesar de los forcejeos de la chica. Cuando las mujeres vieron que en la manopla no había sangre, la miraron con repudio -Mancillada- dijo una
-Súcubo- dijo otra
-Una puta de las tierras del Maligno- concluyó la última. Automáticamente después de eso, la dejaron sola hasta que pasaron las seis horas, seis minutos y seis segundos. Después, tan puntuales como el mismo reloj, las mujeres entraron con nuevas ropas para la muchacha: un largo camisón blanco de una tela similar a la seda que dejaba muy poco a la imaginación y una pequeña corona de flores, preciosa, tan bonitas como las tierras de Paradise. La perfumaron con aceites que nunca había olido, pero era delicioso, dulce, algo que le aguó un poco la boca de pura hambre. Finalmente, se la llevaron, acompañada siempre de las tres señoras, hasta el lugar donde residiría para aguardar el anochecer.

El día terminó sucediéndose lento y pesado, como una gran roca girando sobre terreno plano. La chica sólo podía pensar en su pareja y en el poco conocimiento que tenía de lo que estaba viviendo. Terminó por realizar que parecía haberse metido en una especie de culto religioso o secta que seguramente estaría buscando adeptos. Tendrían que salir de allí en cuanto tuviesen una oportunidad, si es que no le habían hecho daño a Julian. Finalmente llegó la noche y las dudas pronto se disiparían, aunque no descubriría, en absoluto, las respuestas que esperaba. Fue acompañada de nuevo por las tres señoras a través de aquel edificio de paredes, techos y suelos blancos como la leche hasta una gran habitación, donde en el suelo aguardaba una especie de colchón, rodeado de velas y símbolos que parecían tener cierto aire religioso. La chica no daba crédito a lo que veía. Allí dentro, rodeando ese colchón, había decenas de mujeres. Algunas jóvenes como ella y otras igual de mayores que las tres lavanderas que la acompañaban a todas partes. Todas parecían estar rezando en murmullos, con las manos unidas con fe, vestidas de la misma forma que Sophie. Allí, entre todas, estaba el cura -Bienvenida, nuevo Ángel, al Coro Celeste- saludó con placer y solicitud el sacerdote, mientras se quitaba los gemelos de las mangas y procedía a desnudarse
-¿Qué...? ¿Qué vais a hacerme?-
-Serás consagrada, querida, en el Coro de Ángeles. Sé bienvenida y recibe con gozo la Semilla de la Palabra- dijo una de las Ángeles
-Bendita seas tú y tu puerta de la vida, por donde el Profeta vendrá a bendecir y sanar este mundo marchito- dijo otra de las Ángeles
-Ahora cierra los ojos y escucha las Palabras del Señor- dijo de pronto el cura, muy cerca de ella, descamisado, soplándole con dulzura un polvillo hacia el rostro a Sophie. Apenas pasaron unos rápidos minutos hasta que empezó a sentir un extraño efecto. Todo se volvió del revés. Las luces se movían sin moverse, las Ángeles parecían flotar en el aire. Ella parecía estar en una nube, sin saber que ya se encontraba en el colchón. A sus oidos llegaban cánticos celestiales, susurros conciliadores, voces sagradas y hermosas, rodeada por sus hermanas angelicales, que rodeaban la humilde cama donde Sophie se encontraba con los brazos extendidos hacia los lados, como si se hallase crucificada. El camisón blanco estaba subido hasta remangarse por encima de sus desnudos pechos. Sus ojos no podían ver con claridad y su cuerpo no terminaba de sentir más que un extraño extremecimiento, un gozo cada vez más ascendente, mientras entre sus piernas, el cura desnudaba por completo su miembro y sin aguardar, lo introducía dentro de ella, manteniéndose erguido para poder mirarla. Movía las caderas con una constante cadencia y ritmo, con fuerza, viendo al supuesto Ángel que era Sophie jadear, mientras oía las voces de sus hermanas del coro en un cántico espectral, animándola a sentir la suave caricia del Señor. Sophie, enajenada y drogada, así lo sentía. Murmuraba lo extasiada que se hallaba, y clamaba bendiciones al Señor, que la llenaba de gozo -Deja que... vea a través de ti- musitó el cura, excitado -Que sean tus senos alimento del Profeta- dijo acariciando sus pechos -Que sea tu bajo vientre la llave a su advenimiento- siguió recitando mientras bajaba las manos de sus pechos hasta las piernas de la chica para separarlas aún más -Bendito sea el Señor, bendito sea el Profeta- gimió
-Bendito sea el Señor, bendito sea el Profeta- rezaron todas las Ángeles a la vez, mientras Sophie se deshacía en alegría, más que en placer. Fue entonces cuando el sacerdote culminó dentro de ella, llenándola con su simiente. En cuanto hubo acabado, con suma neutralidad se puso en pie y comenzó a vestirse. El Coro Celeste tomaron cada una una de las velas que había al rededor de la cama y turnándose, vertieron una gota de cera sobre el vientre agitado de una extasiada Sophie -Venga a nosotros su reino- rezaron una por una, por cada gota que caía.

Sophie no fue la primera, ni fue la última. Dos o tres veces al mes, alguna miembro del Coro daba a luz y siempre era de la misma forma. Sin embargo, los niños nacían muertos o marcados por el Maligno y eran purificados en el Espíritu Santo del Señor. Sophie lo comprobó nueve meses después de aquella noche, nueve meses después de una interminable convivencia en aquella locura, de nueve meses después sin saber absolutamente nada de lo que pasó con Julian. Nueve meses después de ser inoculada con el semen del representante del Profeta, la chica, habiendo roto aguas y sufriendo terribles contracciones, fue llevada al exterior, al gran patio tras la abadía. Allí la esperaban las nuevas hermanas del Coro, siempre, siempre, caras nuevas y jóvenes, esperando a ser las madres del Profeta. Todas estaban embarazadas de más o menos tiempo, y a todas les aguardaba el mismo final. El mismo que sufriría Sophie. Allí agurdaba la corona, y aguardaba la cruz. Espinas se clavaron en la cabeza de la mujer, que chorreó sangre. Y sus manos fueron taladas a los extremos de aquella cruz de madera, ennegrecida ya por la sangre seca acumulada durante años. Elevada fue, como lo fue el Profeta. La cruz, sin embargo, apenas tenía altura, para que la chica pudiese dar a luz en nombre del Señor. Siempre de cara al sol o a la luna, la mujer gritaba de dolor mientras las tres ancianas la asistían en el parto y el cura, allí frente a ella, rezaba y alzaba las manos al cielo en exclamaciones de amor hacia el Señor. El parto se prolongó durante horas incesantes mientras las manos de Sophie y su frente sangraban. Ella se desgañitaba. No había medicinas ni remedios que pudiesen aplacar su dolor. Sentía que su pelvis se abría y se partía en dos conforme el retoño salía de su interior, pero a su vez sentía que su vida se escapaba, que se marchaba, lejos, por fin, de ese maldito lugar. Apenas llegó a escuchar el llanto del bebé cuando sus ojos le pesaron demasiado como para tenerlos abiertos. Entonces todo el peso del cuerpo reposó sobre los clavos en sus manos. Las tres ancianas ofrecieron al cura el bebé, quien aguardaba frente a una gran hoguera cuyas llamas se alzaban altas hacia el cielo. El hombre examinó a la criatura, ensangrentada y llorando a todo pulmón -No hay halo, no hay divinidad. No hay cicatrices, ni su sangre es vino...- musitó decepcionado, tras lamer la frente del bebé y saborear la sangre, el líquido amniótico y flujos uterinos -Está marcado por el Maligno-
-Alabado sea el Señor, que purificará su alma- rezaron los Ángeles
-Alabado sea- dijo de mala gana el cura, momentos antes de arrojar a la criatura a las feroces llamas abrasadoras.